La publicación de resultados de
Tesla ha dejado una cosa extremadamente clara: cuando una compañía alcanza el éxito de forma tan meteórica, es fácil pensar que su trayectoria seguirá ascendiendo de manera natural. Sin embargo, los últimos acontecimientos demuestran justo lo contrario: que ni el liderazgo supuestamente carismático ni la reputación acumulada por la marca bastan para eludir riesgos sustanciales cuando la gestión y el posicionamiento público están plagados de decisiones estúpidas y errores estratégicos.
La señal de alarma resulta evidente.
Tesla no solo ha experimentado una fuerte caída en sus ventas, la más acusada en los últimos dos años, sino que además, su imagen pública se ha visto seria y radicalmente deteriorada por la conducta, el discurso y la implicación política de su CEO, Elon Musk. La paradoja reside en que Musk ha obtenido alienar, en muy poco tiempo, a quienes inicialmente fueron los principales valedores de la marca, aquellos consumidores preocupados por la sostenibilidad, la tecnología y el medioambiente, mientras trataba de congraciarse con una audiencia política muy distinta: la de los seguidores más radicales de Donald Trump. El resultado es claro: no convenció, a estos últimos para hacerse con un vehículo eléctrico, pero sí perdió la confianza de la práctica totalidad de su base tradicional.
Las cifras hablan por sí solas:
Tesla ha sufrido caídas de ventas en mercados clave, incluida China, uno de sus pilares de crecimiento.